3 de abril, año 33
Treinta
Las conté tres veces.
Treinta. Como si hubiera un precio justo para esto.
Lo conozco desde hace tres años. Sé cómo duerme, qué le da miedo, cómo ríe cuando cree que nadie lo ve.
No puedo. Dios mío, no puedo. ¿Las devuelvo? Ayúdame, Se—
No.
No tengo derecho a terminar esa frase.
Las monedas siguen aquí. Quisiera poder devolverlas. Pero ya no hay nada que devolver.